lunes, 8 de junio de 2009

¿POR QUÉ TANTAS RELIGIONES?

Os lo prometí durante la meditación de este sábado: del libro de la semana "Cruzando el umbral de la esperanza" de de Juan Pablo II:

Pero si el Dios que está en los cielos, que ha salvado y salva al mundo, es Uno solo y es El que se ha revelado en Jesucristo, ¿por qué ha permitido tantas religiones?
¿Por qué hacernos tan ardua la búsqueda de la verdad en medio de una selva de cultos, creencias, revelaciones, diferentes maneras de fe, que siempre, y aún hoy, crecen en todos los pueblos?


RESPUESTA

Usted habla de «tantas religiones». Yo, en cambio, intentaré mostrar qué es lo que constituye para estas religiones el elemento común fundamental y la raíz común.
El Concilio definió las relaciones de la Iglesia con las religiones no cristianas en la Declaración conciliar que comienza con las palabras Nostra aetate («En nuestro tiempo»). Es un documento conciso y, sin embargo, muy rico. Se halla contenida en él la auténtica transmisión de la tradición; cuanto se dice en él corresponde a lo que pensaban los Padres de la Iglesia desde los tiempos más antiguos.

La Revelación cristiana, desde su inicio, ha mirado la historia espiritual del hombre de una manera en la que entran en cierto modo todas las religiones, mostrando así la unidad del género humano ante el eterno y último destino del hombre. La declaración conciliar habla de esa unidad al referirse a la propensión, típica de nuestro tiempo, de acercar y unir la humanidad, gracias a los medios de que dispone la civilización actual. La Iglesia considera el empeño en pro de esta unidad una de sus tareas: «Todos los pueblos forman una comunidad, tienen un mismo origen, puesto que Dios hizo habitar a todo el género humano sobre la faz de la tierra; y tienen también un solo fin último, Dios, cuya providencia, manifestación de bondad y designios de salvación se extienden a todos. [...] Los hombres esperan de las diversas religiones la respuesta a los recónditos enigmas de la condición humana, que ayer como hoy turban profundamente el corazón del hombre: la naturaleza del hombre, el sentido y el fin de nuestra vida, el bien y el pecado, el origen y el fin del dolor, el camino para conseguir la verdadera felicidad, la muerte, el juicio y la retribución después de la muerte y, finalmente, el último e inefable misterio que envuelve nuestra existencia, de donde procedemos y hacia el que nos dirigimos. Desde la antigüedad hasta nuestros días, se halla en los diversos pueblos una cierta sensibilidad de aquella misteriosa fuerza que está presente en el curso de las cosas y en los acontecimientos de la vida humana, y a veces también se reconoce la Suprema Divinidad y también al Padre. Sensibilidad y conocimiento que impregnan la vida de un íntimo sentido religioso. Junto a eso, las religiones, relacionadas con el progreso de la cultura, se esfuerzan en responder a las mismas cuestiones con nociones más precisas y con un lenguaje más elaborado» (Nostra aetate, 1 2).

Y aquí la declaración conciliar nos conduce hacia el Extremo Oriente. En primer lugar al este asiático, un continente en el cual la actividad misionera de la Iglesia, iniciada desde los tiempos apostólicos, ha conseguido unos frutos, hay que reconocerlo, modestísimos. Es sabido que solamente un reducido tanto por ciento de la población, en el que es el continente más grande del mundo, confiesa a Cristo.
Esto no significa que la tarea misionera de la Iglesia haya sido desatendida. Todo lo contrario, el esfuerzo ha sido y es cada vez más intenso. Pero la tradición de culturas muy antiguas, anteriores al cristianismo, sigue siendo en Oriente muy fuerte. Si bien la fe en Cristo tiene acceso a los corazones y a las mentes, la imagen de la vida en las sociedades occidentales (en las sociedades que se llaman «cristianas»), que es más bien un antitestimonio, supone un notable obstáculo para la aceptación del Evangelio. Más de una vez se refirió a eso el Mahatma Gandhi, indio e hindú, a su manera profundamente evangélico y, sin embargo, desilusionado por cómo el cristianismo se manifestaba en la vida política y social de las naciones. ¿Podía un hombre que combatía por la liberación de su gran nación de la dependencia colonial, aceptar el cristianismo en la forma que le era presentado precisamente por las potencias coloniales?
El Concilio Vaticano II ha sido consciente de tales dificultades. Por eso, la declaración sobre las relaciones de la Iglesia con el hinduismo y con las otras religiones del Extremo Oriente es tan importante. Leemos: «En el hinduismo los hombres investigan el misterio divino y lo expresan mediante la inagotable fecundidad de los mitos y con los penetrantes esfuerzos de la filosofía; buscan la liberación de las angustias de nuestra condición, sea mediante formas de vida ascética, sea a través de la profunda meditación, sea en el refugio en Dios con amor y confianza. En el budismo, según sus varias escuelas, se reconoce la radical insuficiencia de este mundo mudable y se enseña un camino por el que los hombres, con corazón devoto y confiado, se hagan capaces de adquirir el estado de liberación perfecta o de llegar al estado de suprema iluminación por medio de su propio esfuerzo, o con la ayuda venida de lo alto» (Nostra aetate, 2).
Más adelante el Concilio recuerda que «la Iglesia católica no rechaza nada de cuanto hay de verdadero y santo en estas religiones. Considera con sincero respeto esos modos de obrar y de vivir, esos preceptos y esas doctrinas que si bien en muchos puntos difieren de lo que ella cree y propone, no pocas veces reflejan un destello de aquella Verdad que ilumina a todos los hombres. Pero Ella anuncia y tiene la obligación de anunciar a Cristo, que es “camino, verdad y vida” (Juan 14,6), en quien los hombres deben encontrar la plenitud de la vida religiosa y en quien Dios ha reconciliado Consigo mismo todas las cosas» (Nostra aetate, 2).

Las palabras del Concilio nos llevan a la convicción, desde hace tanto tiempo enraizada en la tradición, de la existencia de los llamados semina Verbi («semillas del Verbo»), presentes en todas las religiones. Consciente de eso, la Iglesia procura reconocerlos en estas grandes tradiciones del Extremo Oriente, para trazar, sobre el fondo de las necesidades del mundo contemporáneo, una especie de camino común. Podemos afirmar que, aquí, la posición del Concilio está inspirada por una solicitud verdaderamente universal. La Iglesia se deja guiar por la fe de que Dios Creador quiere salvar a todos en Jesucristo, único mediador entre Dios y los hombres, porque los ha redimido a todos. El Misterio pascual está igualmente abierto a todos los hombres y, en él, para todos está abierto también el camino hacia la salvación eterna.
En otro pasaje el Concilio dirá que el Espíritu Santo obra eficazmente también fuera del organismo visible de la Iglesia (cfr. Lumen gentium,13). Y obra precisamente sobre la base de estos semina Verbi, que constituyen una especie de raíz soteriológica común a todas las religiones.
He tenido ocasión de convencerme de eso en numerosas ocasiones, tanto visitando los países del Extremo Oriente como en los encuentros con los representantes de esas religiones, especialmente durante el histórico encuentro de Asís, en el cual nos reunimos para rezar por la paz.
Así pues, en vez de sorprenderse de que la Providencia permita tal variedad de religiones, deberíamos más bien maravillarnos de los numerosos elementos comunes que se encuentran en ellas.
Llegados a este punto sería oportuno recordar todas las religiones primitivas, las religiones de tipo animista, que ponen en primer plano el culto a los antepasados. Parece que quienes las practican se encuentren especialmente cerca del cristianismo. Con ellos, también la actividad misionera de la Iglesia halla más fácilmente un lenguaje común. ¿Hay, quizá, en esta veneración a los antepasados una cierta preparación para la fe cristiana en la comunión de los santos, por la que todos los creyentes vivos o muertos forman una única comunidad, un único cuerpo? La fe en la comunión de los santos es, en definitiva, fe en Cristo, que es la única fuente de vida y de santidad para todos. No hay nada de extraño, pues, en que los animistas africanos y asiáticos se conviertan con relativa facilidad en confesores de Cristo, oponiendo menos resistencia que los representantes de las grandes religiones del Extremo Oriente.
Estas últimas también según la presentación que hace de ellas el Concilio poseen carácter de sistema. Son sistemas cultuales y, al mismo tiempo, sistemas éticos, con un notable énfasis en lo que es el bien y en lo que es el mal. A ellas pertenecen ciertamente tanto el confucionismo chino como el taoísmo; Tao quiere decir verdad eterna algo semejante al Verbo cristiano , que se refleja en los actos del hombre mediante la verdad y el bien morales. Las religiones del Extremo Oriente han supuesto una gran contribución en la historia de la moralidad y de la cultura, han formado la conciencia de identidad nacional en los habitantes de China, India, Japón, Tíbet, y también en los pueblos del sudeste de Asia o de los archipiélagos del océano Pacífico.

Algunos de estos pueblos tienen culturas que se remontan a épocas muy lejanas. Los indígenas australianos se enorgullecen de tener una historia de varias decenas de miles de años, y su tradición étnica y religiosa es más antigua que la de Abraham y Moisés.
Cristo vino al mundo para todos estos pueblos, los ha redimido a todos y tiene ciertamente Sus caminos para llegar a cada uno de ellos, en la actual etapa escatológica de la historia de la salvación. De hecho, en aquellas regiones muchos Lo aceptan y muchos más tienen en Él una fe implícita (cfr. Hebreos 11,6).

Carta de una señora irlandesa

Hace unos meses me pasaron esta carta y hoy ha llegado el momento de publicarla.

¿Qué ves tú, tú que me cuidas? ¿Qué ves tú? ¿Cuándo me miras, qué piensas tú?
Una vieja arisca, un poco loca, con la mirada perdida como inexistente. Que se babea cuando come y nunca contesta. Que cuando le dices con voz firme ¡atenta!, parece no prestar atención a lo que haces, y continua perdiendo sus zapatos y sus medias.
Quien de manera dócil o no, te deja hacer a tu antojo en el baño y sus comidas, para ocupar sus días largos y grises.

¿Es esto lo que tu piensas? ¿Es eso lo que tú ves?
Te voy a decir quién soy, aquí sentada, bien tranquila.
Me desplazo cuando tú me mandas, cómo y cuando tu quieres.
Soy la última de diez hermanos, con un padre y una hermana. Tengo hermanas y hermanos que se quieren.
Soy una chica de dieciséis años, con alas en los píes, que sueña con encontrar pronto un novio.
Casada, recuerdo las promesas que hice ese día.
Tengo ahora veinticinco años. Mis hijas necesitan que les construya una casa.
Mujer de treinta años. Ellos crecen rápidamente. Estamos unidos con lazos que perdurarán.
Cuarenta años. Pronto ellos no estarán más aquí. Pero mi marido está a mi lado y velará por mí.
Cincuenta años. De nuevo juegan alrededor mío. Me veo de nuevo aquí con niños y con mi marido.
He aquí días negros. Mi marido muere. Miro el futuro temblando de miedo pues mis están ocupados criando a los suyos, y pienso en los años, y en el amor que he conocido.
Yo soy ahora una vieja, y la naturaleza es cruel, que se divierte haciendo pasar la vejez por locura. Mi cuerpo, se va. La gracia y la fuerza me abandonan.
Hay ahora una piedra, allí donde antes tuve corazón. Pero en este pellejo, la muerta, vive, y su corazón se hincha sin descanso. Me acuerdo de mis alegrías y de mis penas, y de nuevo siento la vida y la amo.
Vuelvo a pensar en los años pasados, demasiado cortos y pasado demasiado rápidamente.
Y acepto esta realidad implacable, que nada puede durar.
Abre los ojos, tú que me cuidas y mira. No a la vieja arisca. Mira mejor.
Tu, me verás.

martes, 2 de junio de 2009

Los niños preguntan al Papa


Me llamo Anna Filippone, tengo doce años, soy monaguilla, vengo de Calabria, de la diócesis de Oppido Mamertina-Palmi. Papa Benedicto, mi amigo Giovanni tiene un papá italiano y una madre ecuatoriana y es muy feliz. ¿Crees que diferentes culturas un día podrán vivir sin pelearse en el nombre de Jesús?

--Benedicto XVI: He sabido que queréis saber cómo nosotros, cuando éramos niños, nos ayudábamos recíprocamente. Tengo que decir que viví los años de la escuela primaria en un pequeño pueblo de 400 habitantes, muy alejado de los grandes centros. Por tanto, éramos algo ingenuos y, en ese pueblo, había, por una parte agricultores muy ricos y otros menos ricos pero acomodados, por otra pobres empleados, artesanos. Nuestra familia, poco antes de que comenzara la escuela primaria, había llegado a este pueblo procedente de otro, y por tanto éramos algo extranjeros para ellos, incluso el dialecto era diferente. En esta escuela, por tanto, se reflejaban situaciones sociales muy diferentes. Sin embargo, se daba una hermosa comunión entre nosotros. Me enseñaron su dialecto, que yo todavía no conocía. Colaboramos bien, y tengo que decir que en alguna ocasión naturalmente también me peleé, pero después nos reconciliamos y olvidamos lo que había sucedido. Esto me parece importante. A veces, en la vida humana parece inevitable pelearse; pero lo importante es, de todos modos, el arte de reconciliarse, el perdón, volver a comenzar de nuevo y no dejar la amargura en el alma. Con gratitud, recuerdo cómo colaborábamos todos: uno ayudaba al otro y seguíamos juntos nuestro camino. Todos éramos católicos, y esto era naturalmente una gran ayuda. Así aprendimos juntos a conocer la Biblia, empezando por la Creación hasta el sacrificio de Jesús en la Cruz, y llegando a los inicios de la Iglesia. Juntos aprendimos el catecismo, aprendimos a rezar juntos, nos prepararnos juntos para la primera confesión, para la primera comunión: aquel fue un día espléndido. Comprendimos que el mismo Jesús viene a nosotros y que no es un Dios lejano: entra en la propia vida, en la propia alma. Y, si el mismo Jesús entra en cada uno de nosotros, nosotros somos hermanos, hermanas, amigos, y por tanto tenemos que comportarnos como tales. Para nosotros esta preparación a la primera confesión, como purificación de nuestra conciencia, de nuestra vida, y después también la primera comunión, como encuentro concreto de Jesús, que viene a mí y a todos, fueron factores que contribuyeron a formar nuestra comunidad. Nos ayudaron a avanzar juntos, a aprender juntos a reconciliarnos, cuando era necesario. Hicimos también pequeños espectáculos: es importante también colaborar, prestar atención el uno por el otro. Después, a ocho o nueve años me hice monaguillo. En aquel tiempo no había todavía monaguillas, pero las chicas leían mejor que nosotros. Por tanto, ellas leían las lecturas de la liturgia, nosotros éramos monaguillos. En aquel tiempo, todavía había muchos textos en latín que había que aprender, de este modo cada uno tuvo que realizar su parte de esfuerzo. Como he dicho, no éramos santos: tuvimos nuestras peleas, pero de todos modos se daba una hermosa comunión, en la que las distinciones entre ricos y pobres, inteligentes y menos inteligentes no contaban. Contaba la comunión con Jesús en el camino de la fe común y de la responsabilidad común, en los juegos, en el trabajo común. Encontramos la capacidad para vivir juntos, para ser amigos, y a pesar de que desde 1937, es decir, desde hace más de setenta años, ya no he estado en ese pueblo, hemos permanecido amigos. Aprendimos a aceptarnos el uno al otro, a llevar el peso el uno del otro. Esto me parece importante: a pesar de nuestras debilidades, nos aceptamos y con Jesucristo, con la Iglesia, encontramos juntos el camino de la paz y aprendemos a vivir bien.

--Me llamo Letizia y te quería hacer una pregunta. Querido Papa Benedicto XVI, ¿qué quería decir para ti, cuando eras pequeño, el lema: "Los niños ayudan a los niños"? ¿Habrías pensado que alguna vez llegarías a ser Papa?

--Benedicto XVI: A decir verdad, nunca hubiera pensado que sería Papa, pues, como ya he dicho, era un muchacho bastante ingenuo, en un pequeño pueblo muy alejado de las ciudades, en la provincia olvidada. Éramos felices de vivir en esa provincia y no pensábamos en otras cosas. Naturalmente conocimos, veneramos y amamos al Papa --era Pío XI--, pero para nosotros era una altura inalcanzable, casi otro mundo: era nuestro padre, pero de todos modos una realidad muy superior a nosotros. Y tengo que decir que todavía hoy me cuesta comprender cómo el Señor ha podido pensar en mí, destinarme a este ministerio. Pero lo acepto de sus manos, aunque es algo sorprendente y me parece que va mucho más allá de mis fuerzas. Pero el Señor me ayuda.

--Querido Papa Benedicto. Soy Alessandro. Quería preguntarte: tú eres el primer misionero, nosotros, muchachos, ¿cómo podemos ayudarte a anunciar el Evangelio?

--Benedicto XVI: Diría que, una primera manera es ésta: colaborar con la Obra Pontificia de la Infancia Misionera. De este modo, formáis parte de una gran familia, que lleva el Evangelio al mundo. De este modo pertenecéis a una gran red. Vemos aquí cómo es representada la familia de los diferentes pueblos. Vosotros estáis en esta gran familia: cada uno pone su parte y juntos sois misioneros, promotores de la obra misionera de la Iglesia. Tenéis un hermoso programa, indicado por vuestra portavoz: escuchar, rezar, conocer, compartir, ser solidarios. Estos son los elementos esenciales que constituyen realmente una forma de ser misionero, de hacer crecer a la Iglesia y la presencia del Evangelio en el mundo. Quisiera subrayar algunos de estos puntos.

Ante todo, rezar. La oración es una realidad: Dios nos escucha y, cuando rezamos, Dios entra en nuestra vida, se hace presente entre nosotros, actúa. Rezar es algo muy importante, que puede cambiar el mundo, pues hace presente la fuerza de Dios. Y es importante ayudarse para rezar: rezamos juntos en la liturgia, rezamos juntos en la familia. Yo diría que es importante comenzar el día con una pequeña oración y acabar también el día con una pequeña oración: recordar a los padres en la oración. Rezar antes de la comida, antes de la cena, y con motivo de la celebración común del domingo. Un domingo sin misa, la gran oración común de la Iglesia, no es un verdadero domingo: le falta el corazón del domingo, así como la luz para la semana. Podéis también ayudar a los demás, especialmente cuando quizá no se reza en casa, cuando no se conoce la oración, enseñándoles a rezar: al rezar con ellos se introduce a los demás en la comunión con Dios.

Luego hay que escuchar, es decir, aprender realmente lo que nos dice Jesús. Además, hay que conocer la Sagrada Escritura, la Biblia. En la historia de Jesús aprendemos -como ha dicho el cardenal--, el rostro de Dios, aprendemos cómo es Dios. Es importante conocer a Jesús profundamente, personalmente. De este modo, él entra en nuestra vida y, a través de nuestra vida, entra en el mundo.

También hay que compartir, no hay que querer las cosas sólo para uno mismo, sino para todos; dividir con los demás. Y si vemos que otro quizá tiene necesidad, que tiene menos cualidades, tenemos que ayudarle, y de este modo hacer presente el amor de Dios sin grandes palabras, en nuestro pequeño mundo personal, que forma parte del gran mundo. De este modo, juntos nos convertimos en una familia, en la que uno tiene respeto por el otro: soportar al otro en su alteridad, aceptar también a los antipáticos, no dejar que uno quede marginado, sino ayudarle a integrarse en la comunidad.

Todo esto quiere decir simplemente vivir en esta gran familia de la Iglesia, en esta gran familia misionera: vivir los puntos esenciales como compartir, el conocimiento de Jesús, la oración, la escucha recíproca y la solidaridad es una obra misionera, pues ayuda a que el Evangelio se convierta en realidad en nuestro mundo.

domingo, 17 de mayo de 2009

DECÁLOGO DE LA VIDA

El Consejo de Gobierno de la Universidad Católica de Valencia 'San Vicente Mártir' ha aprobado un documento "para la reflexión y el diálogo constructivo en defensa de la vida humana más débil e indefensa", según fuentes de la Universidad.

A continuación ofrecemos los diez puntos del documento:

1. Aprende a amar la vida humana por pequeña, débil, o indefensa que parezca: la verdadera culminación del desarrollo humano son las personas que practican el amor y la misericordia hacia sus semejantes. Ama de manera especial a quienes padecen algún tipo de discapacidad o de déficit social. Déjate enriquecer por los que aparentan no aportar mucho.

2. En situaciones de conflicto protege siempre al más débil y huye de tomar decisiones irreversibles: un corazón verdaderamente humano se va muriendo cada vez que cede a la soberbia y a la prepotencia. Si las buscas, siempre encontrarás personas dispuestas a ayudarte para defender la vida de la que eres responsable.

3. Valora el tesoro que supone ser madre. Ninguna expresión de amor es tan fuerte como la generosidad de la madre hacia el hijo que nace en las entrañas. Sé muy agradecido con tu madre y con todas las madres.

4. Valora la responsabilidad de ser padre, el don incomparable que ello supone. Supera cualquier forma de machismo que ofende la dignidad de la mujer y rebaja al varón muy por debajo de su más elemental dignidad. Nunca mires a las personas de otro sexo como un objeto.

5. Cultiva la esperanza en tu corazón: cada niño o niña que comienza a vivir en el seno de una mujer es un regalo que Dios nos hace a todos. Nadie puede anticipar perfectamente cuánto bien está llamado a hacer. Nadie puede con justicia mirar al otro como un estorbo. Los niños y las niñas son la alegría de civilización. ¿Qué sería de nuestro mundo si la madre de Lincoln, la de Einstein, la de Marie Curie, la de Ingrid Bergman, la de Martin Luther King o la de Gandhi no hubiesen aceptado a sus hijos cuando estaban en sus entrañas? ¿O si la vida de alguien próximo que has conocido o querido hubiera sido rechazada desde su inicio?

6. Contribuye como ciudadano o como político a que las leyes ayuden a las personas a tomar las mejores decisiones. Rechaza cuantas hacen presión para que las personas decidamos de modo contrario a nuestra vocación al amor, a nuestra pasión por la dignidad de las personas y sus derechos humanos fundamentales, especialmente de los más indefensos, como son los niños y niñas antes de nacer. Localiza la falsa compasión que lleva a la equivocación y recházala de plano.

7. Admira el valor de las madres que aceptan seguir llevando adelante su maternidad en soledad. Apoya con todas tus fuerzas que pueda llevar adelante su deseo. Pide a la comunidad social y política que les ayude de modo eficaz.

8. No pierdas el tiempo juzgando o condenando a quienes se hayan equivocado por no respetar los derechos de los más débiles; que en tu calor y comprensión encuentren una ayuda para no volverlo a cometer y para ayudar a otros para que no se confundan. Ayuda a cuantas mujeres hayan podido pasar por momentos de angustia ante el temor de ser madres. Ilumina con delicadeza a cuantos han podido aconsejarles mal.

9. No separes el valor de la sexualidad humana de su responsabilidad con respecto a la vida. Los cuerpos de los hombres y las mujeres no son juguetes, ya que pueden colaborar con lo más grande que pueden hacer las personas: dar la vida a otras. Aprende a descubrir la maravilla que supone poder comprometer tu vida en matrimonio para traer responsablemente al mundo hijos que sean amados.

10. Sé fuerte para aguantar con paz las críticas de quienes te acusen injustamente de obrar sin amor. La verdad es capaz de imponerse a las ligerezas de la lengua si tu corazón se mantiene sereno y si tu inteligencia propone con perseverancia el verdadero bien que acompaña la vida humana más débil e indefensa. Confía en la fuerza del amor, de la razón, de los argumentos. Cuenta con la ayuda de Dios, del Dios que cuida de la vida de los pobres e indefensos. Rechaza completamente combatir la violencia a través de nueva violencia.



sábado, 16 de mayo de 2009

24 Mayo, día de oración por la Iglesia en China


El 27 de Mayo de 2007, el Santo Padre Benedicto XVI dirigió una larga carta (nn. 19 y 20) a los católicos de la República Popular China, y en ella manifestó el deseo de que se celebre una jornada de oración por la Iglesia en China todos los años el día 24 de Mayo, fiesta de María Auxilio de los Cristianos, venerada en el Santuario de Sheshan, en Shangai. El Santo Padre envió el texto de la oración, escrito para esta Jornada, con el fin de que en todo el mundo pidamos por la Iglesia de China por intercesión de nuestra Madre.

domingo, 3 de mayo de 2009

MES DE MAYO



Un buen momento para escuchar al fundador de Opus Dei y aprener a tratar a la Virgen como él lo hacía

martes, 21 de abril de 2009

- teorias + iniciativas ante el gravísimo problema del aborto

A continuación publicamos las palabras que durante una entrevista al diario ABC, dijo el Vicepresidente de la Generalitat Valenciana, Juan Cotino, y es que, desde el departamento que él dirige se va a impulsar un ambicioso proyecto para dar cobertura a la madre y al niño desde el primer momento del embarazo.
Una iniciativa sin precedentes que lleva cabo la Comunidad Valenciana bajo el rango de Ley

-¿Cómo y por qué se ha desarrollado esta Ley?
-La idea del Gobierno Valenciano comenzó con la Ley de Protección de la Infancia y Adolescencia que aprobamos en junio y que preveía ayudas a madres gestantes y al niño en gestación, ya que vimos que hay mujeres que, por motivos económicos, toman la decisión de no tener a su hijo. Entonces nos dimos cuenta que en la Ley de Renta Garantizada que aprobamos anteriormente se preveían ayudas a mujeres en riesgo de exclusión social, pero sólo para mayores de 24 años, cuando en realidad hay jóvenes que se quedan embarazadas antes. En diciembre reformamos esa Ley para que cualquier mujer pudiera acceder a esta ayuda independientemente de la edad. Lo que ahora hemos hecho es plasmar en una Ley una serie de conceptos que recogen una forma de entender la defensa de la vida.
-¿El objetivo es ayudar a la mujer a seguir con el embarazo?
-El eje esencial en lo que hemos aprobado es que en el momento que un médico certifique que una mujer está embarazada nosotros contamos a esa mujer como dos, una ella y otra el ser que lleva dentro. Es sentido común, ya que la vida existe desde que se engendra y necesita unos cuidados especiales. Este es el Año de la Solidaridad y creemos que quien más solidaridad necesita es aquella persona que para vivir necesita estar atado a un cordón umbilical. Así, todas las ayudas que el Gobierno valenciano pueda otorgar, ya sean de carácter social, sanitario, educativo o de vivienda, tienen que partir desde una Ley que considera una embarazada no como una persona, sino como dos.
-¿Eso supone reconocer la vida desde la concepción?
-No se trata de poner plazos, sino de apostar por una Ley sin plazo por la vida.
-Pero esta idea choca con otras iniciativas que se estudian actualmente y con el debate científico sobre si el feto es una vida o no.
-Nosotros no entramos en debates científicos. La realidad social es que la mujer que está embarazada tiene una serie de necesidades. No entramos a debatir si hay o no hay, sino en un hecho real, porque el Gobierno valenciano no está para debates que otros quieren poner en el mercado, estamos aquí para ayudar.
-Pero eso supone un posicionamiento claro.
-Pero no es porque uno pueda creer que la vida exista o no desde el momento de la concepción, sino que hay una realidad y los números cantan. En 1981 había el doble niños que ancianos. Hemos pasado de un ratio de 2,9 niños por familia a sólo 1,4 y hay que tener en cuenta que la reposición como mínimo debería ser de dos. Esto es una realidad y si no comenzamos a potenciar la natalidad, la persona que está ahora trabajando no tendrá quien le pague una pensión digna.
-Se trata entonces de dar ayudas para elevar la natalidad.
-Creo que hay varios conceptos y uno de ellos es reconocer a esa familia y a ese niño, que es lo que estamos procurando hacer con esta Ley. Pero también hay que impulsar políticas de conciliación de vida familiar y laboral.
-Se ha entendido esta Ley como una respuesta a la que prepara el Gobierno para ampliar los plazos del aborto
-Pretendemos es una Ley en positivo. por eso se llama «+vida». Perseguimos que aquella mujer que esté embarazada sepa que va a tener apoyo para que, si desea llevar a fin ese embarazo, tenga los medios. El debate del aborto está en el ámbito del parlamento nacional y mi partido ya ha expresado su opinión: estamos en contra de cualquier cambio legislativo de ampliación, pero la Ley valenciana va en otra línea. Sólo busca ayudar a la familia que quiera tener un hijo.
-¿Se cuenta con el presupuesto necesario?
-No es una Ley cara, sino de voluntad política.
-Se les ha acusado de sectarismo y de imponer una determinada moralidad.
-Quienes han hecho estas acusaciones deberían primero leer la Ley y creo, sinceramente, que la aplaudirán. Es una norma positiva y social y, por tanto, creo que nadie, de ningún partido, puede estar en contra. Espero que haya contribuciones positivas por parte de la oposición para su mejora.
-¿Cuales son los plazos?
-Ya se ha enviado a entidades sociales para que hagan sus aportaciones y está en periodo de información de las Consellerias. El Gobierno valenciano la aprobará en un plazo de quince días y a partir de ahí comenzará el trámite parlamentario.
-Una de las novedades de la Ley es la de crear un red de voluntarios, pero se les acusa de ser comisarios políticos para impedir abortar a las mujeres.
- La función de cualquier voluntario es colaborar en algo en lo que cree, y si hay una familia que pone su casa y su mesa a disposición de una mujer embarazada con dificultades para que pueda llevar adelante su embarazo, ¿por qué debemos negarle ese ofrecimiento? No tendría lógica. Lo mismo ocurre con gente que pone a disposición de estas mujeres asesoramiento médico.
-¿Cómo valora el hecho de que el numero de abortos se incremente año a año?
-Hay un problema cultural y nos gustaría que se abriese un periodo de reflexión. Es posible dar a luz a un hijo y, por tanto, es una opción importantísima, la más importante que pueda tomar una mujer. Y en la medida que conozca que tiene esta opción y es posible, a lo mejor descarta otras.